GOTITAS POR LA VENA
una y otra vez, vuelvo a empezar...
31.8.04

Hoy estoy en el taller.

escrito a las 8:41 a. m. por Teresa

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27.8.04

Un poco de paz, sirena...

sorrento

escrito a las 11:57 a. m. por Teresa

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26.8.04

Siempre fantaseaba con el día en que dejaría el trabajo. Pensaba que montaría un buen follón, insultaría a alguien por teléfono, enviaría mails a toda la organización poniendo a parir a los directivos, y un largo etc de ideas perversas y mezquinas en las que combinar la venganza y el ingenio.
Pero la tarde en que me despidieron me sentí tan feliz que apenas alcancé a decir adiós, ni siquiera me despedí de la mayoría de la gente. Han pasado ya unos meses y no he vuelto a acercarme mucho por allí, porque del todo, todavía no me lo creo.
Pero a ellas si, las echo de menos. Leerlas, por suerte, será tenerlas más cerca.
¡Y que no se lo pierda nadie!

escrito a las 10:02 a. m. por Teresa

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23.8.04

Hoy un amigo me propuso algo. Escribir sobre la felicidad. Él a su manera, yo a la mía. Sabiendo que al final, por diferentes caminos, llegaremos a conclusiones parecidas. No se diferencia tanto un mundo en sepia, de uno verde agua (tu ya me entiendes).
Pero a mí me gusta hacer trampa y dibujar una cosa que hable de otra, esconderme siempre, porque mis pensamientos al aire, sin un triste velo que los cubra, me parecen sentencias intolerantes. Podría contar que lo que realmente creo es que mucha gente es infeliz porque la felicidad requiere un esfuerzo, la tristeza no, se alimenta del abandono y podemos mecernos en ella como un corcho en una ola. Recrearse en el dolor es, en algunos casos, inevitable, pero transcurrido un tiempo, es la opción más cómoda y sencilla. Desprenderse de él implica enfrentarse a dolores desconocidos, a miedos, a la culpabilidad, a la indecisión y para algunos es mucha molestia, mejor mantener esa pena familiar y cercana, que sabemos por experiencia que soportamos de sobra. Ser felices pude ser tan sencillo como valorar lo que tenemos como si siempre estuviera a punto de desvanecerse... Pero, me estoy liando, en realidad quería escribir sobre un lugar donde estuve este verano.
Es una ciudad costera llamada La Spezia, situada en el Golfo de los Poetas, hacia el norte de Italia. En el siglo XVIII fue, como puerto, más importante que Génova, y eso se refleja en sus calles anchas y edificios majestuosos, soberbios, dignos a pesar de la corrosión salada. Tan diferentes a sus habitantes, de ojos transparentes y piel curtida, cansada, la piel que ya no muere ni nace, de tanto quemarse.
Al llegar y contemplar este paisaje, La Spezia me pareció un lugar extraño, demasiado real para ofrecerse a un turista, demasiado cercano. Por eso, cuando preguntando a una viejecita en el paseo, me dijo que allí no había playa, me sorprendí solo a medias y maldije mi torpeza para preparar rutas, que me había llevado hasta un lugar imposible, donde la gente miraba al mar permanentemente, sin tocarlo nunca, bajo un sol despiadado, que no tenía en cuenta en absoluto que tuviera o no, posibilidad de bañarme. No tardaron en indicarnos donde estaba la playa más cercana, a un cuarto de hora de coche, y mi angustia se fue suavizando, con el tacto de la arena fina y la bondad del agua helada, que siempre me ha reconfortado tanto. Y volvimos a la Spezia cuando ya era de noche, sin esperar nada, en todo caso algún bar abierto donde matar el hambre, convencidos de estar en el lugar equivocado, pero con la puesta de sol todavía rondando en nuestros corazones, una bachata que sonaba en la radio y los bañadores sin secar mojándolo todo. Paramos en una plaza, donde vimos sombras de gente, y allí no había comida, pero si familias enteras de caribeños, que charlaban, bebían, cantaban, y formaban a nuestro alrededor una masa acogedora, despierta, viva, que nos empujó hasta el paseo marítimo, donde todo parecía posible. Eramos los únicos turistas, pero nadie reparó en nosotros, pescadores, vendedores de cachibaches, ancianos, mujeres, manos cortadas por redes, que sostenían helados, o señalaban la luna, que por cierto, esa noche, no estaba llena, pero casi.
Era tarde ya para cenar en Italia, pero nos dirigimos hipnotizados a una luz tenue y amarillenta que bailaba al lado del espigón. Allí reposaba un barco, que acogía un restaurante, que todavía no había cerrado porque esa noche celebraban un cumpleaños.
La camarera nos miró con ternura y nos ofreció servirnos algo rápido, unos mejillones y una fritura de pescado, y vino, y licor, y puro no, porque ya no fumo, pero la cena fue deliciosa, y la cubierta se movía y nos daba la risa, y cantamos “new york, new york”, hicimos coro al cumpleaños y hasta se nos escapó alguna lagrimita cuando una rubia cantó “almeno tu nell’ universo”. Y por eso no me gusta soltar discursos, porque sé que nada de lo que digo, es cierto, por lo menos, no durante mucho tiempo, ya que en ocasiones, ser feliz no cuesta nada, a veces puede ser incluso más fácil que ser desgraciado, solo es necesario prestar un poco de atención, para poder darse cuenta.



escrito a las 6:08 p. m. por Teresa

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20.8.04

bosco

Existió una vez un lugar, donde el sexo carecía de significado añadido, ese lugar se llamaba el jardín de las delicias. En él hombres y mujeres podían satisfacer todos sus deseos y apetitos, sin remordimientos, ni culpas, ni sentimientos extraños, porque tenía la misma importancia un antojo de cerezas, que un antojo de sodomizar al vecino, o a la vecina, lo mismo daba, nada impedía después, que todos sus habitantes pudieran mirarse abiertamente a los ojos y sonreír satisfechos, llenos de vida, una vida que no conocía más limites que los geográficos, ya que un río cercaba el paraíso, y sin llegar a comprender porque, los seres que lo habitaban sabían que no debían cruzarlo.
Y así pasaron muchos años, sumergidos en una especie de apacible letargo, en el que exploraban placeres que parecían no tener fin, sus cuerpos desnudos contenían una fuerza tan pura, que en sus mentes ni siquiera llegó a asomar el aburrimiento y así se tocaban, olían, mordían, lamían y besaban, de forma cíclica, destinados a una felicidad inocente, eterna, que se desvaneció en el instante en que descubrieron unos ojos vidriosos espiando tras unos juncos. Y el río dejó de ser frontera, llegó gente de todas partes, para explicarles sobre lo bueno y lo malo, lo podrido, lo sano, la enfermedad, la duda, y el jardín paso a ser en una parte prostíbulo y en la otra pantano. Sobre sus habitantes, alguno queda, que vaga desesperado, buscando alguien que se le parezca, alguien con quien poder brillar de nuevo, aunque solo sea un rato, en una pensión barata, de esas que cobran por horas.


escrito a las 1:44 a. m. por Teresa

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19.8.04

Me abandonaron las palabras y yo tozuda lo intento, una vez, y otra, hasta escribir un millón de tonterías que se atropellan en la papelera de reciclaje. Pierdo también el tiempo, en esta persecución absurda, porque sé por experiencia que ellas volverán cuando les apetezca, ni un minuto antes, ni un minuto después y yo me limitaré a complacerlas, aliviada y agradecida, sin una pizca de rencor que ensombrezca nuestro abrazo, como esos amantes que se conforman con muy poquito, porque ese poquito siempre fue la sal de sus vidas.


escrito a las 12:21 p. m. por Teresa

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5.8.04






CIUDADES

Otra vez en casa, de vuelta, después de pasarme quince días básicamente recorriendo ciudades. Y sé que está feo, todo el mundo me lo dice, pero al regreso no puedo evitar compararlas con Barcelona, con mi ciudad, que está mañana me ha sorprendido con su clima más amable, temiéndose lo peor. Una disculpa improvisada en forma de brisa fresca, que pretende hacerme olvidar que la noche del martes casi me ahogo en la cama, porque también hace calor en otras ciudades, pero el 90% de humedad, ese que te hace pesada hasta el alma, solo lo he sentido aquí, en la mía. Y es que Barcelona es muy puta, siempre lo ha sido, y a veces te asfixia, pero poquito, a veces te duele, aunque de una forma casi imperceptible y otras simplemente te expulsa, como la peor de las madres desnaturalizadas, cruelmente, sin mirarte a los ojos, para suplicarte al minuto que no te vayas.
Una ciudad en el mar, un mar de diseño que contemplar en invierno, un mar que con la proximidad del verano se muestra sucio y caliente, un mar al que cantar de noche, cuando la oscuridad lo embellece y recuerda a otros mares, otros que siguen vivos y que huelen a sal y a mejillones, porque en el moll de la fusta el mar no huele a nada.
Una ciudad que siempre he contemplado desde la periferia, donde se vive más cómodo, y las tapas son decentes, y los niños todavía juegan en la calle. Porque en la mayor parte de Barcelona los niños están escondidos y solo pasean a ratos de las manos de sus padres. Suerte que en algunos barrios todavía se conservan las risas, los balones, los patines, los abuelitos sentados en los bancos. Suerte que a pesar de todo, la mía es una ciudad abierta y viene gente de todas partes, y traen música, aromas, colores, esperanzas, caminos nuevos que sustituyen los callejones sin salida a los que estamos acostumbrados.
Aquí también tenemos puentes de madera, pero nadie cena en ellos a la luz de las velas, tenemos parques de césped quemado donde no se permite llevar al perro y precios asequibles para el turista, que puede beber cerveza hasta reventar o hasta sentir que se enamora de Barcelona, mientras planifica una jubilación idílica de sol y paella.
La parte canalla de la ciudad, eso es lo que no he encontrado en otros lugares, ese desparpajo descarado de algunas calles, donde los hombres conservan la sangre de los piratas, donde el suelo se cubre de alfombras de serrín, donde las mujeres lucen escote y los camareros sonríen todavía. Callejones estrechos, de fachadas negras de humo, con sus balcones oxidados repletos de ropa tendida. Lugares en los que al sol le gusta posarse y jugar un rato, antes de comenzar a derretir el asfalto.
He visto mucha belleza en otras ciudades, encuentro belleza en Barcelona. He visto ciudadanos disfrutando del lugar en el que viven, sin esfuerzos, sin complicaciones, sin buscar apariencias absurdas. También he visto ciudadanos grises, enterrados bajo los pasos de millones de visitantes diarios. Todo eso está aquí también.
Que puedo decir, Barcelona me recuerda a ese amor adolescente al que una se engancha a fuerza de proponérselo, aunque nunca comprenda porque lo hace, aunque todo lo que realmente busca lo encuentre en otros.

escrito a las 11:13 a. m. por Teresa

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