GOTITAS POR LA VENA
una y otra vez, vuelvo a empezar...
27.5.04

SI ESTÁS EN MADRID, NO TE LA PIERDAS

escrito a las 6:57 p. m. por Teresa

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26.5.04

Intento dejar la mente en blanco. Los pensamientos se revuelven inquietos, empujándose unos a otros para cobrar protagonismo, dan vueltas frenéticamente hasta hacerme sentir que tengo una lavadora en lugar de cerebro. Cuando escribo callan, solo pueden atormentar desde dentro, ser expulsados sobre el papel les supone a corto plazo la muerte.
Al escribir se esconden entonces los miedos, las confusiones, los nervios, la intranquilidad, la frustración, la rabia... es una experiencia relajante, pacificadora... Pero claro, llegados a este punto una no sabe que contar y recurro a recordar algo que me llamó la atención cuando la mente bullía. Sin proponérmelo extermino algún pensamiento envenenado a la vez que lo convierto en palabras encadenadas. No me queda duda de que la escritura es la mejor forma de sanar mi espíritu.


escrito a las 5:20 p. m. por Teresa

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21.5.04

Antes de entrar en la cafetería ya las he localizado, están sentadas en la mesa de la ventana otra vez, nunca me ha gustado sentarme allí, me siento como en un escaparate, pero parece que Gloria y Mónica no van a entenderlo por mucho que lo repita. Antes de acercarme le pido una caña a Ricardo, que por cierto me mira un poco raro, no me extrañaría nada que se hubieran ido de la lengua, aprovechando que llego tarde.
- ¡Hola chicas!
Intento saludar efusivamente, a pesar de que mi respiración todavía está agitada por las prisas.
Gloria acaba de encender un cigarro, mira a Mónica de reojo y me suelta.
- Vaya, la confianza realmente da asco ¿ ni siquiera te vas a inventar una excusa? Llegas media hora tarde.
- ¿Nos esperan en algún sitio?
Mónica sonríe, porque le gusta la cara que pongo de falsa sorprendida, no hay nada como conocer los puntos débiles.
- No, Claudia, no nos esperan, es Gloria que le gusta quejarse por todo. La verdad es que hemos estado muy a gusto aquí las dos, charlando con Ricardo.
- Ya, claro.
No quiero darle más importancia al tema, si le han dicho algo prefiero realmente no saberlo, además tengo otras cosas en que pensar, saco la pequeña grabadora que acabo de comprar, con la máxima naturalidad posible y la pongo sobre la silla que ha quedado vacía. En ese momento Mónica me pregunta si es verdad que estoy dejando de fumar, pero mi respuesta se ahoga entre las palabras de Gloria.
- ¿Qué es eso?
Mientras señala la grabadora con el dedo inclinado, como si estuviera viendo un escarabajo egipcio.
- Es una grabadora.
A preguntas sencillas, respuestas sencillas, pienso.
- Si, ya sé que es una grabadora, pero ¿por qué la has puesto a funcionar? No será para alguna broma, no soporto escuchar mi voz grabada.
Utilizo mi tono tranquilizador, aunque por la cara que ponen, no estoy segura de que vaya a funcionar.
- No tienes por que oírte, es para mí, para el curso que estoy haciendo de escritura, solo quiero transcribir un diálogo hablado para ver las diferencias con los diálogos escritos y luego intentar adaptarlo.
Mónica me mira muy seria, la verdad, demasiado seria para ser ella, apenas mueve los labios para decir.
- ¿Podrías apagar eso mientras lo discutimos? ¿Tanto nos has perdido el respeto que pretendes experimentar con nuestras vidas?.
Hago un gesto a Ricardo para que me traiga otra caña y apuro el último trago de la que tengo delante. Mientras balbuceo algo así como ¡Qué! me entran unas ganas de fumar un cigarro terribles, entonces me acuerdo de que la nicotina es un monstruo que vive en mi interior, y que quiere alimentarse, pero yo quiero destruirlo así que no le voy a dar de comer, no le voy a dar de comer, Gloria me estira del brazo y me zarandea.
- ¿Estás sorda o te has vuelto loca? ¡Apaga ese cacharro!
- Si, si, claro, perdonar, es que tenía ganas de fumar, son unos ejercicios mentales, en fin, ya está, apagado, no os pongáis así, no pensé que os importara tanto.
Mónica ya más calmada me increpa desde la mirada aprobatoria de Gloria.
- Pero te das cuenta que lo que digamos lo van a leer tus compañeros de curso, y que les estás mostrando nuestra intimidad, nuestras conversaciones, solo conseguirás que dejemos de confiar en ti.
- No lo iba a leer nadie, el ejercicio era solo para mí, para experimentar con la escritura, por supuesto que no se lo iba a mostrar a nadie.
Mi cara de ofendida no impresionó a Gloria para nada, cualquier oportunidad es buena para una adicta a los dramas.
- Claudia, imagínate, por un momento que yo hoy tengo algo muy grave que contarte, como que se me ha muerto un familiar, o que estoy embarazada o que tengo un tumor. Tú, en lugar de apoyarme, recoges esas palabras y intentas hacer un experimento literario con ellas, ¿ te parece normal?.
No puedo creer que después de decir esto Gloria me siga mirando a los ojos, por un momento me asusto, pensando que quizá elegí el peor momento para sacar la grabadora, así que con un hilo de voz le pregunto si le ha pasado algo. Como ya sospechaba me contesta que no, pero que podría haber pasado.
Para colmo se encienden un cigarro cada una y me miran desafiantes desde sus cortinas de humo, me siento como un jinete sin armadura, me he puesto tan nerviosa que las palabras me salen atropelladas entre gritos y susurros.
- Lo que no me parece normal son tus razonamientos mezquinos, si te hubiera pasado algo grave habría apagado este maldito cacharro o seguramente me habría olvidado de él. Solo es un ejercicio joder, ni se me pasó por la cabeza que os ibais a poner así, ¿qué pasa? ¿ hoy es el día de la susceptibilidad?.
Gloria expulsa una gran calada sobre mi cara antes de hablar, por el bien de todos quiero pensar que sin proponérselo.
- No Claudia, hoy es el día de la realidad, y lo que no me parece normal, si te soy sincera, es que te creas que con casi treinta años y con básicamente los estudios primarios vas a aprender a escribir, y ni mucho menos vas a vivir algún día de la escritura. Lo mejor que puedes hacer es volver a tu trabajo antes de que sea demasiado tarde, y que conste que te lo digo por tu bien, porque últimamente parece que vives en una nube.
Mónica se da cuenta que estoy a punto de llorar y me coge de la mano, no puedo mirarla pero se que le está diciendo con los labios a Gloria que se ha pasado. Con la voz rota y la cabeza baja, lanzo la pregunta al aire, para las dos.
- Entonces, ¿ Por qué siempre me habéis animado a escribir, diciéndome que lo hacía bien, que tenía talento y toda esa sarta de mentiras?
Contesta Mónica mientras Gloria aparta la silla un palmo de la mesa, en un gesto inconsciente de apartarse de mi, supongo.
- No son mentiras, lo pensamos, es solo que escribir está bien, como hobby, es como si yo ahora dejara mi trabajo para bailar la danza del vientre, lo hago solo para divertirme.
Levanto la vista porque aunque las lágrimas caen sin pedir permiso sobre la mesa, ya no me importa lo que piensen, algo a hecho “click” en mi interior y ha transportado a esas personas que tengo al lado a una dimensión lejana.
- ¿Por qué no puedes ganarte la vida bailando la danza del vientre, si eso te divierte? ¿ Por qué para ganarse la vida hay que hacer algo que detestes y no algo con lo que disfrutes?
Ahora es Gloria la que me coge la otra mano, me parece una mano fría y resbaladiza como si me acariciara una trucha. A la vez que me acaricia el pelo me dice que es muy difícil conseguirlo y que es mejor disfrutar de lo uno tiene para no ser desgraciado... Mientras me habla yo lucho con el monstruo de nicotina que se aloja en mi interior porque ahora mismo daría la vida por un cigarro y sobretodo porque no tengo más ganas de escuchar tonterías.
Me pongo en pie, en un acto un poco peliculero para que negarlo, pero que me parece adecuado para una despedida.
- ¿ y por qué no intentarlo? ¿Tanto miedo tenéis al fracaso? Yo soy feliz así, solo intentándolo, ¿conseguirlo o no? Eso no me va a hacer más desgraciada que cuando vivía como un autómata, con los sueños anestesiados por los ansiolíticos. Será que al cambiar de vida también en muchos casos es urgente cambiar de amigos, este sería un buen ejemplo.
Ambas se quedan calladas, así que aprovecho para ir a la barra a pagar antes de que me digan algo que me desmonte y acabemos abrazadas como después de todas las peleas.
Ricardo me pregunta si es verdad que tuve un sueño erótico con él y después de contestarle que si, pero que en realidad fue algo traumatizante, salgo de la cafetería sin mirar a la ventana, totalmente convencida de que no vale la pena.





escrito a las 1:26 p. m. por Teresa

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18.5.04

Realmente hay cosas que asustan...

escrito a las 1:34 p. m. por Teresa

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13.5.04

ESCENA III. EL PARAISO




Laura se tumbó en la hamaca de la piscina a tomar el sol, pensar en que podría lucir moreno a su regreso era una de las pocas motivaciones que tenía para aguantar esos días. Volver a dormir en la misma habitación que Antonio era una verdadera tortura, no solo tenía que aguantar sus ronquidos, uno de los principales motivos por los que dormían separados, si no que encima, como tenía la costumbre de leer en la cama, no la dejaba ver la tele tranquila, que si baja el volumen, que si vaya tontería estás mirando, insoportable de día y ahora también de noche.
Antonio pidió un mojito en el bar y se sentó a su lado, con las gafas de sol graduadas a contemplar el personal. Por dentro se lamentaba de no haber podido venir solo, la verdad es que estaba todo lleno de mujeres impresionantes, sonrientes, alegres, tan diferentes a Laura, que tenía siempre un rictus amargo, como si todo a su alrededor oliera a mierda.
Laura sintió su presencia cerca y abrió los ojos.
- ¿Te vas a beber un mojito a estas horas?
- ¿Estamos de vacaciones no? Solo intento relajarme un poco.
- Eso, relájate un poco a ver si así dejas de hacer el ridículo, que solo te falta babear Antonio, de verdad, que vergüenza.
La miró negando con la cabeza, hizo el gesto de levantarse, pero lo dejó a medias.
- Ves porque tengo que beber por las mañanas, de otra manera no podría aguantarte. Solo estoy mirando a la gente, me aburro, no te voy a mirar a ti, que ya te tengo muy vista.
Laura sintió como sus palabras cargadas de desprecio le quemaban de rabia.
- Pues no hace falta que me mires, ya lo hacen otros por ti... ¡viejo verde!
Antonio empezó a reír a carcajadas, balanceándose hacia delante y hacia atrás, luego su risa se hizo más callada, pero no paró hasta que le saltaron las lágrimas. Después se levantó, miró a Laura desde arriba y remató el tema.
- Tu si que eres ridícula cariño, aunque también muy divertida. Me voy a la playa un rato, a ver si han empezado las clases de buceo.
Y se dio media vuelta sin dejar oportunidad de réplica. Laura cerró los ojos y tomó aire con fuerzas para intentar relajarse, en su cabeza solo se repetía una palabra, desgraciado, desgraciado, desgraciado, intentaba bajar el ritmo de su respiración, cuando sintió una mano que se posaba en su muñeca.
- ¡Serás desgraciado!. Le soltó, y casi se muere de vergüenza al abrir los ojos.
- No quería asustarte, perdona.
Laura observaba como esas palabras salían de unos labios carnosos, rodeados de una piel morena, unos ojos negros, un cuerpo musculado y unas manos firmes que ahora se posaban en su hombro.
- Por fin te has quedado sola, llevo días mirándote y me parece que sería una pena que te marcharas de aquí sin que nos conociéramos mejor ¿no crees?
El primero impulso de Laura fue responder que no, que no lo creía, pero en lugar de eso pregunto, - ¿Y que podríamos hacer, para conocernos mejor?
El muchacho sonrió y Laura sintió un agradable hormigueo que le trepaba por la espalda.
- Podrías pedir unas copas, las subes a mi cuarto y allí te sigo contando. Te espero, entra por la puerta de servicio, primera planta, la tercera habitación a la derecha.

Mientras el chico se alejaba, Laura notó que estaba temblando. Se quedó allí quieta, mirando sus piernas torneadas, sus nalgas perfectas, su espalda todavía cubierta de pequeñas gotas de agua.
Se levantó, se puso el pareo alrededor de las caderas y se dirigió al bar con el paso más firme que pudo.
- ¿ Te pongo un mojito, preciosa?
Laura se sonrojo, pero consiguió no tartamudear demasiado.
- No, no, mojito no, mejor dos margaritas, bien cargados, gracias.


escrito a las 11:02 a. m. por Teresa

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12.5.04

ESCENA II. VOLARE!


Cuando el avión estaba a punto de despegar Antonio se dio cuenta de que había olvidado los chicles, le preguntó a Laura si llevaba, ella le respondió sin apartar la vista de la ventana. - ¿Para qué? Yo no soy la que me mareo.
Antonio empezó a sentirse mal y no hizo caso de la respuesta, aguantó el despegue como pudo, masticando el aire desesperadamente y sujetándose el oído izquierdo con las dos manos. Ese era el problema, no se mareaba, se quedaba sordo y le dolía tanto que siempre temía que fuera para siempre.
Laura seguía mirando el paisaje, ausente, melancólica, por un momento se acordó del primer vuelo que hicieron juntos a Mallorca, los dos estaban muertos de miedo y se agarraron las manos tan fuerte, que se les quedaron dormidas. Cuando el avión comenzó a estabilizarse y llegó la azafata con las bebidas, Antonio reparó en los lagrimones de Laura, y se quedó sorprendido, hacía años que no los veía.
- Laurita. ¿estás llorando?
Ella se sintió avergonzada, no le gustaba que la vieran así, y menos Antonio.
- No, no, se me habrá metido algo en el ojo.
Pero él insistió.
- Estás llorando, ¿qué té pasa? Te encuentras mal.
- Me encuentro perfectamente, será por estar en el aire, que me siento muy vulnerable, eso es todo, no me hagas caso.
Su respuesta desconcertó todavía más a Antonio, que prefirió seguir su consejo y se puso a leer el diario que tan amablemente le acababa de acercar la azafata. El viaje iba a ser largo y no estaba dispuesto a empezar con un drama, que seguramente no venía a cuento.
Laura pasó mucho rato callada, sorbiendo la copa de cava, inmersa en sus pensamientos, pero no tardó en aburrirse. El tedio la acompañaba desde hacía muchos años, pero aun no se había acostumbrado. Con sus amigas se pasaba horas charlando, cuando estaba sola en casa se entretenía haciendo cosas o viendo la tele, ahora no tenía nada que hacer, ni con quien hablar, y iba a ser así durante quince días. Lo que tenía claro es que no iba a acompañar más a la cena de empresa a su marido, no quería repetir otro golpe de suerte así, por más rumores que despertara entres sus conocidos.
Antonio no soltó el periódico hasta que les trajeron la comida, una especie de plato combinado indefinible del que pinchó varias cosas con el tenedor y probó rápidamente, como para superar antes el mal rato.
- Pues para ser comida de avión, no está tan mal.
Tenía la boca llena, y cuando dijo “avión” una gota de mayonesa, salió disparada de sus labios hacia el asiento de enfrente. Laura tenía tantas ganas de hablar que reprimiendo el asco, le contestó presurosa, cambiando de tema.
- Hablando de comida, yo estoy muy contenta de que Carlos se case, y me parece muy bien que ellos decidan como y donde, pero ¿no crees que una parrillada en el campo es algo exagerado? ¡Ni que fueran hippies, a estas alturas!.
- Mejor, mas barato nos saldrá.
- Tu siempre pensando en el dinero, que se casa tu hijo, que eso solo pasa una vez en la vida. ¿Cómo puedes ser tan insensible?.
Antonio la miró con cara de fastidio, ahora ya tenía el bigote lleno de comida, se dio cuenta por la mueca de agobio de Laura, pero no pensaba limpiárselo hasta que terminara, si ella era una maniática era su problema.
- Insensible o no, tu hijo hará lo que le dé la gana, así que déjame comer tranquilo que no estoy para rollos.
- No, tu nunca estás para rollos, ni siquiera de vacaciones.
Laura se puso a mirar otra vez por la ventana, después de todo no quería ponerse de mal humor, entonces tuvo una idea.
- Antonio, una cosa ¿Tu crees que se pueden hacer langostas en una barbacoa? ¿o quedarían muy secas?






escrito a las 10:38 a. m. por Teresa

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7.5.04

ESCENA I. LOS PREPARATIVOS

Mientras hacía las maletas, Laura no podía evitar pensar en lo caprichosa que puede ser la suerte cuando se lo propone. Nunca le había tocado nada, ni siquiera el reintegro de la O.N.C.E, por eso, el jueves por la noche, cuando acompañó a su marido en la cena de empresa y les tocó el dichoso viaje, le costaba tanto alegrarse como creerlo. La Isla Margarita, ¿sería tan pequeña como le sugería el nombre? Deseaba de todo corazón que no, que fuera un lugar lo suficientemente amplio para no chocar en exceso con su amado esposo. Antonio tampoco pareció entusiasmarse, ni entonces, ni ahora, permanecía sentado en su butaca granate, disimulando con un periódico sobre las manos y observando como Laura iba acumulando objetos inútiles para el viaje. Sabía perfectamente que aunque ella dijera lo contrario, él acabaría cargando con todo el equipaje, con toda la ropa que luego seguramente ni se pondrían, con los libros que no tendrían tiempo de leer, con la cámara de vídeo, la de fotos, el secador de pelo y hasta la plancha, fuera donde fuera Laura siempre quería estar impecable, Antonio no entendía para qué y hasta le daba un poco de pena pensar que su mujer no era capaz de aceptar que ya no la miraba nadie. Laura seguía enfrascada en lo suyo, pero intuía lo que él estaba pensando, notaba como sus ojos se posaban en sus manos, pendientes de los objetos que ella guardaba tan cuidadosamente y evitaba mirarlo porque sabía que en cuanto lo hiciera, encontraría una mueca de desaprobación bajo su bigote canoso, que le hacía más viejo y más desaliñado, si de alguna forma eso era posible.
Los dos permanecían en silencio, aunque sabían que no por mucho tiempo, y Antonio, como casi siempre fue el primero en romperlo.
- Laurita, nos vamos al Caribe mujer, no creo que sean necesarios los paraguas.
Antonio hablaba despacio, como si ella no fuera a comprender sus palabras, como si fuera una niña, Laurita, ese tono la exasperaba, pero reprimiendo su deseo de estrellar un paraguas contra sus gafas bifocales, le contestó lo más dulcemente que pudo, para que luego él no pudiera justificar que se ponía histérica por cualquier cosa.
- Cariño, también existen las lluvias tropicales ¿no? El monzón y esas cosas, yo que se, más vale prevenir, no sea que tengamos que quedarnos un día en el hotel por no llevar paraguas.
Laura no esperaba réplica pero Antonio dobló el periódico por la mitad y se inclinó hacía ella, para demostrarle que no había acabado la cosa, justo empezaba.


- Nos vamos al Caribe, repito, no a África, qué sabrás tu de lluvias tropicales, además estaremos rodeados de playa, si cae una tormenta, cosa que dudo, no creo que los paraguas nos sean muy útiles para tomar el sol o darnos un baño.
Laura respiró muy hondo, una vez, dos y hasta cinco veces, quiso callar pero no pudo, nunca podía.
- ¿Quieres hacer la maleta tú? Ya que eres tan listo y lo sabes todo, seguro que lo harás mucho mejor que yo. Al fin y al cabo todo lo haces mejor que yo, hasta lo que no sabes hacer.
Antonio sintió que su mujer ya había activado la vena teatral y victimista a la que estaba acostumbrado, pero no le iba a funcionar, no pensaba cargar también con esos malditos paraguas.
-¿En serio quieres que la haga yo? Te lo digo porque podría prescindir de muchas cosas que luego puedes echar mucho de menos.
- Eso, amenázame como siempre, así te aseguras de que lo haga yo todo y a tu gusto, ya te salió el alma de dictador, tu verdadera esencia.
Al decir esto último, Laura empezó a ponerse roja, se notaba nerviosa y no le gustaba, perdía el control y le daba rabia tener que alterarse siempre por las mismas tonterías, intentaba inútilmente concentrarse en su respiración, pero era imposible, con la voz de Antonio flotando en el aire como su conciencia.
- ¿Y ahora qué te pasa Laurita, te ahogas o estás fingiendo un amago de infarto?
Ella se quedó mirándolo fijamente, durante unos segundos espesos, tensos que por suerte rompió el sonido del teléfono. Antonio se levantó de un salto, aliviado por la oportuna llamada y reapareció minutos después por el pasillo con una sonrisa, tendiéndole el auricular con una mano.
- Es tu hijo, que tiene algo que contarte, toma, a ver si te cura la mala leche.
Laura le arrancó el teléfono de las manos impaciente y mientras pronunciaba el nombre de su hijo, Carlos, su cara comenzó a relajarse hasta adoptar una expresión de alegría.
Antonio sabía que iba para largo, así que abrió su periódico por donde lo había dejado y continuo leyendo como si nada.



escrito a las 12:06 a. m. por Teresa

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3.5.04

El día tiene un color amarillento, una luz apagada y pegajosa que se cuela por mis ventanas aunque baje las persianas al máximo. Toda la casa parece teñida de nicotina y me muevo por ella despacio, como si el aire me pesara sobre los hombros, sin saber muy bien que hacer o más bien sin fuerzas suficientes para hacer nada. Todo me resulta ajeno, incluso mi propio cuerpo al que siento como si fuera una armadura de hierro, totalmente hueca, que no envuelve nada, y me busco dentro, pero no estoy o al menos eso parece, así que me siento confusa y perdida. Y me gustaría seguir escribiendo, pero no tengo nada más que decir, o si, tengo tantas cosas que decir, pero no quiero que las sepa nadie, prefiero no darles forma para después olvidarlas con facilidad. Dentro de mi apatía solo he sentido necesidad de dos cosas, fregar los platos y escribir, justo en este orden. Y dice tanto de mi el orden elegido, que mejor me voy a dormir y con suerte mañana otra luz me haga pensar colores distintos.

escrito a las 3:40 p. m. por Teresa

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1.5.04

HAY NUEVA CORRESPONDENCIA

escrito a las 12:29 a. m. por Teresa

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