GOTITAS POR LA VENA
una y otra vez, vuelvo a empezar...
28.4.04

Se sentía tan sola, que llegó a desear ser esquizofrénica, para así poder escuchar voces. Para escuchar su nombre, con otra voz, desde otros labios, porque era tan bonito su nombre, pero pronunciado por los demás, su propia voz la aburría.
Empezó a leer manuales de psicología, pero no encontró las pautas para conseguirlo, probó con la bebida, los alucinógenos, los somníferos, pero hasta los personajes de sus sueños estaban mudos.
Podría haber sido más fácil salir a la calle y conversar con alguien, pero ella ya sabía que la gente no se conformaría con nombrarla, después querrían hablar más, o pasear, ir al cine o hacer cualquier cosa de las que detestaba, por algo había decidido aislarse del mundo, no era cuestión de ceder ahora.
Se compró un lorito muy gracioso, por correspondencia, y empezó a amaestrarlo, aunque con malos resultados, el bicho solo sabía gritar, comer y cagar, a punto estuvo de tirarlo por la ventana, de no ser porque un día en que leía a su lado, el pájaro abrió el pico y dijo:
- Soledad. Primero en voz bajita, como un susurro, luego cada vez más fuerte ¡Soledad! ¡Soledad! ¡Soledad! Matilde fue corriendo a buscar su carnet de identidad al cajón de su escritorio para comprobar si ese nombre era el suyo, ya no estaba segura, pero no lo encontró allí. Podría haber hecho un esfuerzo más en recordar donde estaba, pero Soledad era un nombre tan hermoso, después de todo los funcionarios se equivocaban a menudo, seguramente su madre la llamó así al nacer. Sonrió y se acostó satisfecha, ahora podía dormir tranquila, por fin, ya tenía todo lo que necesitaba.


escrito a las 6:47 p. m. por Teresa

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25.4.04



Dogville me ha hecho entender que con motivos o sin ellos, el ser humano reacciona habitualmente de dos maneras ante lo que le causa dolor. En el mayor de los casos evitando, escondiendo, o apartando la causa del sufrimiento y en otros (los de los que quizá creen que tienen algo que ofrecer al mundo) justificándola.
Esta película demuestra que cuando esto ocurre no es suficiente con querer aprender con las experiencias que nos brinda la vida, hay que tener el valor necesario para acabar con el sufrimiento inútil. Una vez aprendida la lección, llega el momento de destruir, de finalizar, de utilizar todas nuestras capacidades para exterminar aquello que nos oprime.

escrito a las 11:11 p. m. por Teresa

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21.4.04

Cuando creía que la luna seguía nuestro coche, no pasaba de los cinco palmos de estatura. El mundo me parecía demasiado grande y muchas veces me preguntaba por qué esa redonda blanca que colgaba del cielo, nos elegía a nosotros, siempre que viajábamos de noche, para acompañarnos justo hasta la puerta de casa.
No recuerdo el día exacto en que me di cuenta de que no era cierto, como tantas otras cosas, los reyes, el ratoncito Pérez, el hombre del saco, las cigüeñas transporta bebes, el conde Drácula, los bosques encantados, las zapatillas rojas, las pócimas mágicas, la hormiga atómica o el mismísimo diablo. Pero fue de todo lo que los años me fueron desvelando, lo que más me dolió. El resto eran mentiras, contadas por los demás, pero saber que la luna no estaba allí por nosotros era solo la confirmación de mis sospechas, yo no era un ser tan especial. Más tarde llegue a la conclusión de que quizá no lo era para ella, pero ¿quién la necesitaba?.
Ahora, cuando la veo desde la ventana de algún taxi, si puedo le sonrío, para que la pobre se de cuenta de que la he perdonado.


escrito a las 6:42 p. m. por Teresa

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14.4.04

Siempre me ha gustado observar a la gente que tengo a mi alrededor, en vacaciones todavía más, si cabe, quizá porque sus comportamientos son más interesantes o porque mis ojos están menos cansados. Hace unos días, en un restaurante de la costa, de esos de vino contundente y menú abundante, una pareja se sentó frente a nuestra mesa, él con el pelo cano y barba espesa, ella con una cabellera rubia preciosa y los labios perfectamente pintados. Al principio los dos charlaban tranquilamente, más bien poco. Unas copas después la rubia gesticulaba con las manos, reía, improvisaba caídas de ojos, y se alisaba la melena. Estaba intentando hacer de la comida una fiesta, mientras su acompañante permanecía impasible, sin variar el tono. Y así continuarían supongo todas sus vacaciones, quien sabe si también el resto de sus vidas. Acababa de ver Casa de muñecas en el teatro la noche anterior y por eso, esta escena, tantas veces repetida, me llamó la atención, no era más que un ejemplo de que en algunos aspectos las cosas no han cambiado tanto desde el 1870. Las mujeres hemos conseguido tantas cosas desde entonces, pero nos queda un lastre muy importante, que nos ha sido transmitido de generación en generación hasta formar parte de nuestro inconsciente más profundo. El deseo permanente de agradar. La obligación impuesta por nuestros corazones de ser siempre maravillosas, por dentro y por fuera. Nos complacemos pensando que lo hacemos por nosotras mismas, que así nos sentimos mejor y es cierto, en parte, pero cuando miro a la mayoría de hombres, no puedo evitar pensar en que no se cambian el color del pelo, no se depilan, no se hacen limpiezas de cutis, no usan cremas anticeluliticas, antiestrias, antiarrugas, no se maquillan, no dan forma a sus uñas, no llevan tacones para que sus piernas parezcan más largas, no usan ropa ajustada o con aberturas para mostrar sus carnes, muchos no saben ni bailar y no tienen que esforzarse en parecer interesantes, si nosotras nos empeñamos, vamos a creer que lo son aunque se expresen con monosílabos. Porque podemos enamorarnos de un hombre con las cejas juntas, con las piernas cortas, con tres flotadores, con la nariz de patata y después sentirnos horribles porque nos ha salido un grano en la frente. Esta misma carga nos da múltiples capacidades, nos ha hecho fuertes, y no permite que nos estanquemos. Aunque es una pena que a veces nos conformemos con ser musas cuando realmente podemos llegar a ser diosas.

escrito a las 11:01 a. m. por Teresa

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