GOTITAS POR LA VENA
una y otra vez, vuelvo a empezar...
29.1.04

29.5.03
Olvidé dar de comer a los peces de la inspiración, durante mucho tiempo. Y no tuvieron más remedio que comerse unos a otros. Ahora me encuentro, en el fondo de mi alma, con un agua sucia y encharcada, en la que un solo pez, cansado y hambriento nada en círculos de monotonía. Cuando quiero alimentarlo se resiste, resignado a morir, pero yo lo sigo intentado. Te has quedado solo, le digo, pero eso te pasó por ser el más fuerte.

8.10.03
En mis sueños, anoche, me pareció que había muerto el único pez que me queda. Vaciaba la pecera en el water y tiraba de la cadena, justo en el preciso instante en que me daba cuenta de que estaba vivo…demasiado tarde.
Ahora lo observo, solo, manteniendo su inexpresiva mirada. No sé que me da más pena, pensar que es posible que esta vez también se cumpla el sueño o que siga resistiendo, aguantando, sobreviviendo a una existencia miserable.
Siento que si muere, morirá una parte de mi, pero no se si perderé algo valioso o me desprenderé al fin de una carga, por eso soy incapaz de hacer nada, solo lo miro y espero a que él decida mi propio destino.


Y EL PEZ MURIÓ...

escrito a las 11:00 a. m. por Teresa

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27.1.04

Vivo al lado de la estación de tren. Algo, en parte lógico, ya que desde pequeña mostré una gran predisposición para la huida. Es como tener la puerta de salida cerca, aunque de momento no la necesite.

Hoy no tenía ganas de cocinar, como muchos otro lunes. Mejor dicho, los lunes no tengo ganas de nada. Un ánimo así, solo puede mejorar con un bocadillo de lomo con queso y una cruz-campo en el bar de la estación. Curioso lugar de paso, frecuentado siempre por los mismos.

Al salir, la luz siempre entra por la puerta de cristal, dándole un aspecto entre veraniego y clandestino, a cualquier hora del día. Espero a que me cobren y Moncho canta “Te extraño”. El vendedor de billetes de la Renfe, está sentado al fondo, ocupando dos sillas y se suicida con un codillo cubierto de patatas. Hoy soy consciente, por primera vez, de que no voy a seguir viéndolo por mucho tiempo. Hace un mes que instalaron máquinas expendedoras, más rápidas e inmunes a la obesidad.

Salgo corriendo para subir al tren de las dos. Allí se establecen claramente dos bandos, los que hemos comido y los que no. Es el único lugar, por caprichos de mi horario laboral, en el que no pertenezco a los hambrientos por llegar a su destino.

escrito a las 9:30 a. m. por Teresa

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23.1.04

Entra como una estampida, con las puertas a punto de cerrarse “Agua para el camino” me parece oír que ha dicho eso, pero al ver que está sola, no estoy muy segura. Se sienta, sigo leyendo, hasta que vuelvo a escuchar la misma frase, la miro, se balancea, agarrando una botella de agua con las dos manos y hablando sin parar. Vuelvo a mi libro, ya se encarga todo el vagón de observarla como si fuera un mono de feria. Ajena a todo el mundo se pone de pie y empieza a caminar de un lado a otro, murmurando frases y obligándome a perder el hilo cada vez que me pasa por delante. Es una mujer muy grande, camisa y pantalón azul marino, la expresión preocupada, como alguien que tiene un asunto grave que resolver y no sabe como. Lleva unos mocasines bicolores en blanco y negro que le dan un aire irreal. Como si fuera la materialización de nuestras cabezas, al volver a casa, ya tarde, cansados, hirviendo en mil conjeturas. Me parece una carga demasiado pesada, siento pena, una pena inmensa, por ella y por todos los rostros apagados que nos rodean. En la penúltima parada, nos quedamos solas. Ella dando vueltas y yo convirtiéndola en palabras en mi libreta. Siendo solo dos, cada una en su comportamiento, la línea que define la normalidad es tan delgada que desaparece.
Antes de que se abran las puertas, se pone a mi lado, y me dice adiós. Al salir tira la botella en la primera papelera, comprendo, era solo para el camino. Me limpio con la manga un lagrimón panzudo, que no me deja ver. Adiós, le digo, pero ya no puede oírme.


escrito a las 10:53 a. m. por Teresa

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21.1.04

Me gusta dormir más de doce horas seguidas, aunque pocas veces puedo hacerlo. También me gusta soñar despierta, partir el pan todavía caliente y el sabor de mis lágrimas, si son de alegría.
No puedo sentirme mejor que tomando un café en un área de servicio, me apasionan los viajes largos, las conversaciones de carretera, presentir la chispa que va a incendiar mi corazón.
Me gusta el tapeo en las terrazas de verano y mi comedor en invierno para cenar sobre la alfombra.
Me encantan los pichones de Piccasso que adornan mi pasillo, con la misma intensidad que odio las pelusas que lo recorren y aparecen cinco minutos después de barrer.
Me vuelve loca el sabor de las gambas rojas, frescas, poco hechas, acompañadas de un Viña Esmeralda bien frío, con las luces de una bahía como decorado.
Admiro a las personas con capacidad de sentir intensamente. No soporto a los que hablan continuamente sobre sus hipotecas o padecen “titulitis”.
Me gusta fumar un cigarro, con los labios salados por el mar. Comer una paella en bikini y mirar al sol haciendo visera con la mano derecha.
Me asquean los chicles que se deshacen. Me angustian los algodones mojados en quitaesmalte, los techos bajos, las horas perdidas y los tejanos con forma de palo, en los que no se como meterme.
Me gusta perseguir a Henry Miller en Montparnasse, que me hablen idiomas que no entiendo, leer los rótulos de las tiendas en voz alta y marcar recorridos en los mapas nuevos.
Desearía desaparecer cuando alguien me grita, una vez casi lo consigo. Detesto los ojos desorbitados de furia y los golpes en la mesa cuando se acaban los argumentos.
Me fascinan los rostros perfectamente maquillados, de piel satinada, que aparecen en algunas revistas. Me hipnotiza la belleza que reflejan, aunque sepa que es un espejismo.
Me gusta perderme en el museo del Prado, para volver a la sala de El Bosco, cada vez que acabo una vuelta. Me motiva encontrar lugares nuevos en Barcelona, parece que nunca se terminan.
No aguanto las moralejas, ni en los libros, ni en las películas. Tampoco a los autores que pretenden demostrar que conocen la verdad absoluta. Prefiero Millás a Cohelo, es más, al segundo lo detesto.
Me gustan los pinchos morunos, de la fiesta mayor de mi pueblo. Volverme a encontrar con los mismos de siempre, aunque ya no tengamos nada que decirnos y el olor a pólvora que queda después de los fuegos artificiales.
Me molesta la gente que se aparta cuando paso cerca con mi perra. No entiendo su miedo, por mucha pinta de pantera que tenga. Me encanta cuando no deja de hacer monerías, para que la deje subir a la cama.
Me llena la música de todo tipo, solo necesito que me provoque ganas de algo, sea bailar, vivir, llorar, cantar o salir volando. Desde Antonio Carmona a Frank Sinatra, cada uno en su momento y Diana Krall para la noche.
No me gusta acordarme de Psicosis cuando estoy sola en la ducha, prefiero escuchar la banda sonora de Chicago, cantando muy fuerte para espantar a los posibles asesinos.
Me gusta encontrar en los diarios de Anaïs Nin, los pedacitos que sobrevuelan al tiempo, los guiños que solo podemos entender las mujeres.
Hay tantas cosas que me gustan, que podría continuar eternamente. ¿Será que soy una persona afortunada y no me había dado cuenta?



escrito a las 9:43 a. m. por Teresa

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17.1.04

Que yo no lo sabía
quién me lo iba a decir
que solo con tu sonreir,
inundarias todo mi ser de alegría

Y yo no lo sabía
que me podía encontrar
algo tan dulce como tú
eres lo más bonito que he visto en mi vida

Y si me vuelvo loco es al sentir
que hay tantas cosas que vivir
y yo sin ti, no lo sabía

ELEFANTES

escrito a las 6:19 p. m. por Teresa

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16.1.04

A veces tengo tanta suerte, que levanto la cabeza en el momento justo y me encuentro con la luna llena flotando entre los tablones de un andamio.




escrito a las 8:55 a. m. por Teresa

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15.1.04

Ya era de noche al salir del museo. Nos sentamos en las escaleras de la entrada y desde allí contemplamos toda la ciudad encendida. Una imagen en negro, repleta de luces, interrumpida solo por las estatuas desnudas sobre la barandilla de marmol.
Una tarde de invierno que olía a primavera donde había gente de todas partes que charlaba, hacía fotos o simplemente permanecian atónitos ante la vista.
Nunca imaginé que ese día iba a disfrutar de tanta belleza. El palacio en lo alto del monte, dentro el museo, las pinturas de Fortuny, el cielo limpio y estrellado unido a un murmullo tranquilo formado por todos los idiomas.
En ese momento me propuse recuperar el tiempo perdido.
¡NUNCA ES TARDE PARA APRENDER A AMAR BARCELONA!



escrito a las 12:14 a. m. por Teresa

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14.1.04

Con la misma intensidad de quien se enamora por primera vez, ella se enamora de su propia imagen reflejada en los ventanales del aeropuerto. Gabardina entallada, tejanos ligeramente acampanados, botines de tacón y el pelo recogido en una especie de moño informal pero perfecto. Bolso en bandolera y una flamante maleta roja de ruedas.
Camina firme por el largo pasillo, al lado de la cinta transportadora, sin poder dejar de mirarse de reojo. Realmente parece una persona con cosas interesantes que hacer, que decir, que experimentar. Se sienta en la cafetería y su soledad se disfraza de independencia, valor, aventura. La misma soledad que en cualquier otro lugar le pellizcaría el estómago.
Y las horas pasan, lentamente, en una dulce pero eterna espera, porque su avión nunca sale. Nadie parece darse cuenta, todos van y vienen, como figurantes que se relevan. Puedo ver en su rostro la satisfacción de mezclarse con los que si van a viajar, de poder cruzarles la mirada sintiéndose una de ellos.
Pasado un tiempo prudencial, pasea de un lado a otro, cambia de sitio, llama por teléfono, pero siempre vuelve aquí, a tomar otro café y fumar un cigarro despacio, mientras revisa sus billetes caducados.
Yo procuro, cada vez, mirarla con ojos nuevos, para que nunca sospeche que me doy cuenta de todo. Temiendo el día en que se rompa su hechizo, embarque en ese vuelo que cada día la espera y desaparezca para siempre.


escrito a las 9:34 a. m. por Teresa

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13.1.04

Era una niña cuando leí la historia interminable, lo mejor, la segunda parte, cuando el protagonista, Bastian, debe volver a crear, el solo, todo el mundo de Fantasía. Creó las flores con la arena del desierto, una arena que cambiaba de color al pisarla y que brillaba en sus pétalos formando cada segundo un tono nuevo. No recuerdo como las describió exactamente Michael Ende, pero me dio la capacidad de imaginar las flores más bellas que he visto nunca. Desde entonces, busco hacer lo mismo, plasmar en un papel flores, que crezcan en el alma de otros.


escrito a las 10:01 a. m. por Teresa

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